Blanco y Negro - PIRATERÍA INTELECTUAL

El oficio de pirata



RAÚL HERAS

HABLAMOS de piratas con la nostalgia de las viejas películas de aventuras de Hollywood. El corsario que navegaba por las aguas del Caribe o del Índico era la mayor parte de las veces un tipo simpático, atrevido y burlón que siempre ganaba al malo –fuese éste quien fuese– y se llevaba a la chica. Había piratas de cara angulosa, mirada aviesa, modales toscos, espadas curvas y sórdidos quehaceres, es verdad, pero o morían a manos del héroe en el duelo final o se arrepentían de sus fechorías y terminaban con galones de almirante.

Nunca o casi nunca se presentaba al pirata como un simple ladrón, embustero, rufián y asalta caminos (en el mar), ya que ello hubiera restado épica a la historia. Había que enaltecer la aventura como forma de vida para sacar a los espectadores de las penas de dos guerras, y de la rutina aburrida de los días en la oficina o el puesto en la trituradora máquina de producción. Y el pirata bueno, el que ganaba pese a cualquiera de los pesares que el destino le enfrentara, era guapo, sonreía de forma espectacular, saltaba de un buque a otro, manejaba con singular donaire la espada, el florete y el cuchillo, nadaba, soportaba el dolor, se restablecía de forma milagrosa de cualquier herida y, por si no bastara con todo ello, además era un estratega en los negocios de la mercadería. De aquellas historias se pasó a las de capa y espada, caballo y trabuco o ballesta, en verdes colores de Robin Hood o de multicolores trenzados de mantas de la serranía de Ronda bajo el nombre de Curro Jiménez. Era igual este pirata de polvorientos caminos que el que asaltaba los galeones de Su Majestad mientras regresaban a la madre patria cargados de oro y joyas. Se quitaba a los ricos lo que les sobraba para dárselo a los pobres de tal suerte que más que ladrones parecían ministros de Hacienda en una de nuestras modernas democracias.

El consumidor que acepta pagar menos por un producto de muy baja calidad sabe que está favoreciendo a una industria "alternativa" dominada por las mafias

Ese sentimiento, esa sensación, ese espíritu existe en todo aquel que se acerca a un “top manta” o a un vendedor sin licencia para pedirle y comprarle un disco o un video “pirata”. Por más campañas del Ministerio de Cultura que se hagan, y por más anuncios de la Sociedad General de Autores que se pasen por televisión, el consumidor que acepta pagar menos por un producto inferior y muchas veces irreproducible, o al menos de muy baja calidad, sabe que está favoreciendo a una industria “alternativa”, dominada por unas mafias que convierten ese sistema de distribución y venta en un canal de ilegalidades y miserias comparable y similar en muchas circunstancias al que se utiliza para el narcotráfico.

El consumidor quiere ahorrarse unos euros. No busca otra cosa. Es consciente de la ilegalidad y del daño que hace a terceros, pero la falta de una cultura moral desde la escuela depara en el todo vale, sólo es cuestión del precio a pagar. Y si además no se ve al vendedor de CD o vídeos (por no hablar de camisetas, relojes, bolsos, etcétera, etcétera...) como un traficante que atenta contra la vida de muchas personas, poco se puede avanzar socialmente en la persecución y desaparición de esa lacra.

Si dejarnos que sea el mercado en total libertad el que actúe sobre el consumo, lo que obtenemos es un trozo de selva en el centro de nuestras ciudades. Unas selvas organizadas desde el fondo de la misma, en las que los “vendedores” sólo son el último eslabón, el más pequeño y débil. Por eso aparecen los inmigrantes en ese sector como si de hongos se tratara en un otoño especialmente húmedo y lluvioso. No se necesita ninguna formación, ni domicilio conocido. Basta con dos manos, unos pies ligeros, la nada como compañera y unas cajas o sábanas para cargar con el producto. Ni siquiera hace falta conocer el idioma de los “clientes”. Las pocas palabras que se utilizan se aprenden con enorme facilidad. Y de paso se dan otros cuantos palos a la gramática.

Raúl Heras es periodista.

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