Consumo

El único milagro es la vida

CARLOS CARNICER0

LA muerte es el último eslabón en las limitaciones de la vida que se constituyen en enfermedades, envejecimiento y desgaste continuado de nuestro organismo. La primera pretensión fue la eternidad, como una quimera que ha movilizado la imaginación del hombre hasta confrontarse ineludiblemente con las reglas de la naturaleza. Pero la lucha de la humanidad por el bienestar personal ha adquirido dimensiones industriales con el desarrollo económico. La pretensión de que se puede “comprar” la belleza, la calidad de vida y la salud, sin ningún esfuerzo personal, es el marketing de una industria que sincroniza el poder adquisitivo con los deseos profundos de cada individuo, agitados por los estereotipos que los formulan como irresistibles. Se nos presentan modelos imposibles con la pretensión de que con dinero y sin otro esfuerzo, están a nuestro alcance.

Todo en la vida cotidiana son señuelos, sintetizados en productos milagrosos, para materializar nuestros anhelos sin otro desgaste que el de la cartera. Dietas mágicas, formulas antienvejecimiento, curas de estrés, tratamientos de belleza instantánea, todos se exhiben en el escaparate de nuestra vida, con espejos cóncavos y convexos, hasta devolvernos la imagen más idílica de nosotros mismos: una juventud a prueba del paso del tiempo y una salud de hierro sin merecimientos personales.

El control contra estos fraudes que simulan tener resultados portentosos es complicado porque cada regulación tiene vericuetos por donde pueden colarse los traficantes de promesas imposibles. Como casi todos eluden la calificación de “productos médicos”, que es el verdadero control científico de sus cualidades, la diáspora de estas mixturas prodigiosas hacia renglones industriales que les toleren los engaños es imaginativa y difícilmente controlable. El resultado es el de millones de consumidores sin protección, en manos de empresarios desaprensivos. Como en el viejo oeste, los elixires para el crecimiento del cabello se exhiben al lado de dietas maravillosas, fórmulas para el endurecimiento muscular con solo la aplicación de un ungüento, afeites de belleza instantáneos, drogas para una sexualidad permanente y la promesa de una juventud eterna con solo unas cuantas aplicaciones de productos que se cacarean inocuos. Pero el problema no está en los traficantes de sueños sino en nuestro deseo de burlar la gravedad de la vida sin esfuerzo personal. Solamente lo que se soporta en criterios científicos testados y garantizados por organismos competentes tiene que tener cabida en la industria de las fantasías. El resto es la compilación actual, industrializada y envuelta en modernos contenedores, de las viejas recetas de los merolicos medievales, los charlatanes de nuestra infancia y los transeúntes de añagazas para enloquecer nuestros deseos.

Estos embrujos se abren camino en nuestras vidas por la molicie que se nos apodera en una cultura en la que el esfuerzo está proscrito por el bienestar industrializado. En el frontispicio de la educación actual no está inscrita la vieja máxima romana de que “nada se consigue sin esfuerzo”; ahora el sentido lúdico de la vida es contrario a la exigencia de que “pasar trabajo” para conseguir la meta es la única garantía de un transcurso honesto de la existencia con nosotros mismos.

Todo en la vida cotidiana son señuelos, sintetizados en productos milagrosos, para materializar nuestros anhelos sin otro desgaste que el de la cartera

La prueba de este aserto es muy sencilla. Cuando nos encontremos con un anciano venerable con aspecto sano y una inteligencia dinámica, debemos preguntarle por su sistema de vida; en la mayoría de los casos está cimentado en una inteligente administración de los placeres, una voluntariosa capacidad de sacrificio personal y unas reglas permanentemente saludables. Si esa no fuera la receta, sin duda ha ocurrido un milagro; pero no depositado en el escaparate de una tienda suministradora de quimeras, sino en la excepción caprichosa que a veces hace la naturaleza por la que un fumador empedernido puede sobrepasar los noventa años sin toser por la mañana o un vicioso antiguo puede llegar a cumplir una edad avanzada disimulando los efectos de su propia vida. En realidad no son milagros: solo son excepciones.

Carlos Carnicer es periodista.

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