MONTSERRAT
CABALLÉ, soprano
"ES UNA SUERTE PODER TRABAJAR
CON LOS MÁS GRANDES"
No
es de extrañar que Callas, la
cantante con más predicamento del siglo XX, se refiriese
a ella como ‘La Reina’. A fuerza de ser en escena
soberana de todas las dinastías inimaginables, la soprano
Montserrat Caballé (Barcelona, 1933) sigue aportando un
toque de majestad a su presencia. Enamorada de los escenarios,
la diva española actuará la próxima temporada
en la Ópera de Viena interpretando “La Fille du regiment”
con Juan Diego Flórez (el tenor del momento) o el barítono
malagueño Carlos Álvarez. Sus seguidores podrán
escucharla en el nuevo mano a mano con su hija, Montserrat Martí,
en la Sala Grande del Palacio de Festivales de Salzburgo, o en
alguno de los recitales de sus giras –Alemania e Irlanda
en marzo; Belgrado en abril...– mientras agotan las localidades
para el que ofrecerá en junio en Klagenfurt, puestas a
la venta con seis meses de antelación.
JUAN
ANTONIO LLORENTE
QUEDA
por mencionar otra cita importante: la sexta edición del
concurso que lleva su nombre y que tendrá lugar en mayo
entre Andorra y la Seo de Urgell. Un concurso con el que se ha
propuesto ayudar a las nuevas voces.
Lo
primero para los jóvenes es dar con un buen maestro que
establezca las bases para que ese sonido que ya tienen, sin forzarlo,
se desarrolle naturalmente y bien. Después, empezar una
carrera, que es muy difícil. Necesitas que te brinden la
posibilidad de hacer audiciones, y la presencia de alguien cerca
que te asesore. No por el tanto por ciento que va a cobrar si
te contratan aquí o allí. Alguien que sea capaz
de disuadirte para que no aceptes un papel para el que no estés
preparado, por muy tentador que sea, porque la voz se te puede
estropear. Alguien que sea capaz de convencerte hasta que llegue
otra oferta más adecuada”.
–¿Sabe
un joven cantante quién le asesora bien y quién
no?
–Eso dependerá de la ambición y de la inteligencia
de cada uno. A veces hay voces que son muy bellas y no excesivamente
grandes que hacen carreras tan brillantes como otras con un enorme
potencial. Esas cosas nosotros la percibimos y comentamos ¡qué
pena que este valor se haya estropeado, o se vaya a estropear!
Porque lo ves venir cuando un joven valor está cantando
una obra que no es para su sonido. Por juventud tal vez aguante
ese esfuerzo hasta los 25 o los 27 años, pero no más.
–Con
esa mentalidad usted escaló hasta la cumbre del éxito,
convirtiéndose en prima donna del Metropolitan, sucediendo
a Callas y Tebaldi, a las que estuvo muy unida, ¿cómo
las recuerda?
–A Tebaldi, con un sonido espectacular, un volumen impresionante
y una belleza en el fraseo muy grande, además de esos pianísmos
sublimes... Renata fue una gran cantante y una de las divas italianas
en el sentido que se les aplica. Y Callas igual. Cada una en su
repertorio, porque aunque, como hacemos todos, cantaban óperas
comunes, cada una tenía también sus preferencias
por aquello que le iba mejor o en lo que se desenvolvía
con más comodidad. Para mí, la Tebaldi ha sido siempre
un ejemplo de bien cantar, de buen frasear, con mucha alma; mucha
alma (insiste en este punto).
Recuerdo
en Viena a un maestro que llevaba "La Traviata"
como si fuera la inmolación de Isolda, con una lentitud
impresionante |
–Después
de haber cantado a las órdenes de todos los grandes, ¿le
falta algún director en su nómina de batutas?
–(Carcajada.) Sí, pero es que cuando yo empecé
a cantar él ya no dirigía... Me hubiera gustado
mucho hacer bel canto con Tulio Serafin, por lo fabuloso que debía
ser. Conseguí trabajar los Donizetti con Gavazenni, que
era un gran maestro, pero me imagino que trabajar con Serafin
habría sido algo muy, muy especial. Y también me
hubiera gustado cantar con Carlos Kleiber, otro gran músico,
espectacular. Pero de todos aquellos con los que he cantado, cada
cual tiene su belleza. Todos son grandes maestros. He tenido esa
gran fortuna, porque también es una suerte poder trabajar
con los más grandes, porque te enseñan mucho, y
tú aprendes mucho. Se convierten en colaboraciones que
quedan para la historia.
–¿Ha
tenido problemas con alguno?
–No... Bueno, en contadas ocasiones. Recuerdo en Viena a
un maestro que llevaba “La Traviata” como si fuera
la inmolación de Isolda, con una lentitud impresionante.
Aquella vez sí me enfadé muchísimo.
–¿Y desencuentros
escénicos?
–En una “Norma” que hice en Bonn. Lavelli la
había ambientado en una fábrica de armamento y tenía
que cantar “la Casta Diva” encima de la tanqueta con
una ametralladora (ahora sonríe cuando lo recuerda). Me
pareció una profanación. Ese interés de los
metteurs- en-scene por hacer cosas excitantes se justifica siempre
que sean creativos sin faltarle el respeto a quien ha creado la
obra. Ahí tiene que ser muy cauto. Se puede admitir una
“Elektra” en la época nazi, por ejemplo, como
la concibió Nuria Espert. O una “Tosca” en
tiempos de Mussolini: si está muy bien hecha es respetable.
Si se trata de hacer charlotadas, hay que contar con si el cantante
quiere o no participar. A veces no tiene más remedio que
hacerlo. Sobre todo cuando se trata de gente joven que acaba de
conseguir su primer contrato. Algunos regidores intentan hacerse
un nombre a base de escándalos. Y da resultado, porque
hay un público que les sigue, porque le excitan ese tipo
de espectáculos. Y como hay que respetarlo todo, si no
estás de acuerdo, con no cantar la obra en el caso del
cantante, o con no ir, en el del espectador, ya vale.
‘Algunos
regidores intentan hacerse un nombre a base de escándalos’ |
–¿Cómo
se lleva con la ópera que se está escribiendo?
–Sinceramente, no muy bien. Porque para cierto tipo de repertorio
contemporáneo necesitas una técnica distinta a la
hora de proyectar el sonido. Son muy distintas las colocaciones
vocales en la mayoría de las óperas contemporáneas.
Aunque las hay que no: ahí está la prueba en Balada,
que ha hecho cosas que he podido cantar. Pero cuando estrené
en la Scala de Milán “El corazón de España”,
de Luigi Nono, me resultó tremendo sacarlo adelante. No
digo que no se pueda hacer, pero hay voces más adecuadas
para ello que la mía.
–Su trayectoria
vocal ¿se puede seguir a través de sus grabaciones?
–Sobre todo de las piratas. También de las demás,
pero principalmente de las piratas. Lo más bonito es cuando,
por ejemplo, escuchas la grabación de “La Traviata”
de Dallas en directo y la del Metropolitan del New York en la
que debutaba con una discográfica, y ves que no hay diferencias.
Eso es muy importante, y hay constatarlo, porque hay quien en
discos hace maravillas y no en la escena. De ahí que el
directo refleja la medida exacta de tus posibilidades.
–¿Se ha
llevado sorpresas al escucharse?
–Una de ellas, con el “Guillermo Tell”. Creí
que no conseguiría grabarlo. Cuando me lo pidieron, lo
trabajé durante mucho tiempo. Aún así, llegué
a los estudios con gran desconfianza, y de repente me di cuenta
de que todo el mundo estaba feliz y contento. Cuando escuché
las tomas finales dije simplemente ¡no está mal!
La sorpresa fue cuando conseguí un gran premio con este
título.
–¿Nunca
han sido negativas?
–También, también. Una de las obras que no
me gusta como la canté, pero con la que en su momento todo
el mundo estuvo contentísimo, es “Los payasos”.
Y continúa sin gustarme como canté “La Nedda”.
–Tal
vez no era su papel.
–Podía haberme ocurrido como en “Guillermo
Tell”. Pero en este caso no. Continúo no gustándome.
–¿Cuál
del casi centenar y medio de personajes que ha interpretado escénicamente
se ha quedado con ganas de llevar al disco?
–“Ermione”, de Rossini. Me hubiera gustado dejarla
grabada, porque es una obra muy dramática, que se ha hecho
en versión coloratura con lo que, en mi opinión,
no se ha rendido suficientemente el valor que le da el autor,
porque se trata de un Rossini bastante dramático.
–¿Tiene
alguna grabada sin pasar por escena?
–Varias: “La Giovanna d'arco”, de Verdi; “Aroldo”,
“Guillermo Tell”...
–¿A
qué papel se aferraría hasta el último momento?
–A Salomé.
–¿Cuántos
recuerdos bonitos le ha dejado “Norma”?
–Muchos, muchos, muchos. Porque la he cantado en todo el
mundo, y es una obra colosal, que haces con gusto, porque sabes
que le llega al público. Es un título muy importante
del bel canto donde tienen posibilidad de lucirse tanto la protagonista
como la mezzosoprano y, sin duda, el tenor. El resultado de esas
representaciones es que se te quedan en la memoria por lo espectaculares.
–¿Salomé
tiene celos de Norma?
–No (sonríe). Salomé no tiene celos de nadie.