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Libros
por Joaquín Borrell

“Pandora en el Congo”
por Albert Sánchez Piñol
Editorial Edhasa.
YA hace tiempo
que sólo las bases informáticas, y no la memoria humana,
pueden retener el aluvión de nuevos autores que la incontinencia
de las casas editoriales lanza al mercado cada año. Para
consuelo de los humanos, en la inmensa mayoría de los casos
el dato carece de interés, por cuanto casi todos han escrito
sobre lo mismo, en las dos o tres variantes declaradas de curso
legal por las casas referidas, con idénticas palabras y sujeción
estricta al canon de ideas recibidas –hoy Flaubert podría
escribir varios tomos de su famoso diccionario- y al repertorio
de metáforas homologadas.
Por fortuna, a veces la excepción
rompe la regla. En efecto, al igual que ciertos actores demuestran
su categoría artística nada más dar el primer
paso sobre el escenario, o un futbolista nuevo marca su categoría
con sólo parar y reexpedir una pelota, de cuando en cuando
el lector, orientado en la selva de novedades por el azar o el consejo,
lee uno o dos párrafos, hojea una sinopsis y se dice: “Aquí
hay un escritor de verdad”. Quizás haga carrera, quizás
la maraña literaria lo asfixie; pero de momento conviene
apresurarse a disfrutar el hallazgo.
En “La piel fría”,
inesperado éxito de la literatura catalana recientemente
transplantado al mercado nacional, Albert Sánchez Piñol
urdió una narración original y trepidante sobre el
acoso al que unos anfibios oceánicos sometían a dos
humanos en un faro antártico. “Pandora en el Congo”
calca el argumento, sustituyendo las soledades polares por las selváticas
y variando la índole de los enemigos. La pieza se encierra,
como una muñeca rusa, en otro relato correspondiente a una
de las tendencias dominantes en la moda: el de cómo un escritor
crea un libro; el cual a su vez queda inserto en una típica
trama de intriga judicial, centrada en el esclarecimiento de un
crimen. Parece que estemos hablando de un centón de repeticiones
y tópicos; y sin embargo el resultado es una novela sensacional
que roza la excelencia en los tres géneros, servida por una
prosa de alto nivel técnico y ocurrentísima.
‘Pandora
en el Congo’ es una novela sensacional que roza la excelencia
en los tres géneros, servida por una prosa de alto
nivel técnico y ocurrentísima |
Puestos a resumir el argumento,
diríamos que en la Inglaterra de la primera guerra mundial
un letrado encarga a un escritor “negro” –es decir,
que escribe lo que firman otros, en este caso más bien “subnegro”
bastante postergado en el escalafón– que convierta
en novela la narración de su defendido, un doméstico
amenazado con la horca por el supuesto asesinato de sus dos patrones
mientras explotaban una mina de oro en África Central. Según
la versión del imputado, la mina ponía en comunicación
con el mundo de los temibles “tecton” subterráneos,
de efectos potenciales tan nocivos para la humanidad como los que,
conforme a su testimonio, la explotación europea opera para
los congoleños. Parece complejo y lo es, en especial si se
le superpone el entramado de símbolos, analogías y
juegos de prestidigitación dialéctica que constituyen
la verdadera especialidad del autor. Sin embargo complejo no es
sinónimo de confuso; y finalmente se producirá la
sensación de que cada pieza encaja, lo que en esta ocasión
reconfortante mucho menos que desasosiega.
Ha quedado dicho que uno de los
escenarios de la novela es Londres, junto a la selva del Congo y
el mundo tenebroso de los tecton. Congruentemente su protagonista-narrador
practica ese estilo tan caro a los británicos que allí
es llamado el self-deprecating eye y que en versión
libre podríamos traducir como autovacile. Consiste en una
visión permanentemente ácida de las cualidades propias,
a modo de espejo deformante que retuerce la realidad para extraerle
su zumo humorístico. En nuestra novela, cada vez más
solemne como requiere el patrón norteamericano, se lleva
muy poco –el innominado bebedor de Pepsi de Eduardo Mendoza
es uno de sus últimos representantes- entre otros motivos
por la facilidad con que hace despeñarse al usuario inexperto.
Quien disfrute con la fórmula encontrará en “Pandora…”
una auténtica exhibición de virtuosismo en el género.

“Pasiones romanas”
por María de la Pau Janer
Editorial Planeta.
Transcurridos
algunos meses desde la proclamación del Premio Planeta y
las críticas de Juan Marsé al nivel literario de los
originales, sin exclusión de los galardonados, las aguas
se han remansado sin más efecto que la dimisión del
jurado censor. Al hablar de “Pasiones romanas”, sin
embargo, resulta inevitable su consideración de beneficiaria
del trofeo más sonado de las letras españolas, sea
para confirmar que merece su inclusión en la relación
histórica de obras premiadas, entre Cela, Vargas Llosa, el
propio Marsé o Torrente Ballester –pero también
entre otros nombres bastante más dignos del olvido–,
sea para lamentar como Marsè el declive profundo del género.
Según dijo Anaximandro cuando
le preguntaron si existían los dioses griegos, la cuestión
es compleja y la vida del hombre corta. Como primera aproximación,
no se puede decir que “Pasiones romanas” sea una mala
novela. Se le nota muy trabajada, lo que no implica necesariamente
un elogio –para entendernos: es bueno que esté trabajada;
no que se le note–. Utiliza una técnica que podríamos
denominar puntillista: cada acción o pensamiento de los personajes
viene definida mediante una elaborada cadena de elementos accidentales
–flashes retrospectivos, sinestesias o tropos–. De éstos
muchos resultan originalmente expresivos; otros muchos, en cambio,
sobran, por inocuos o por manidos. El efecto global produce una
novela-glaciar, en la que la trama avanza con la densidad de las
morenas.
María
de la Pau Janer utiliza una técnica puntillista: cada
acción o pensamiento de los personajes viene definida
mediante una elaborada cadena de elementos accidentales |
Puede ser una fórmula válida
referida a hechos apasionantes. Siendo éste un concepto subjetivo,
la valoración dependerá del nivel de entusiasmo que
el tema elegido suscite al lector, Mari Pau Janer lo aplica a las
relaciones de pareja, partiendo de un supuesto más bien improbable
–un hombre recoge en un aeropuerto la cartera perdida por
otro y hallando la fotografía de la mujer que fue su amante
se apresura a cambiar el vuelo–. Desde aquí, mediante
secuencias temporales de estructura compleja y algo artificial,
la trama acumula un muestrario de facetas de las relaciones aludidas
–infidelidad, arrebato, monotonía, desencanto–.
Muchos lectores pueden sentirse incursos en la identificación
con el tema antes referido. En tal caso “Pasiones romanas”
les deparará varias horas de lectura gustosa, lo que no es
botín despreciable en el panorama actual.
Los demás pensarán
que para esa cosecha no hacían falta tantos canastos. Dicho
de otra forma: que la cobertura mediática del premio, su
lanzamiento publicitario, la elevación del autor, al menos
pretendida, a espada de cartel en el escalafón literario,
pueden parecer desproporcionados respecto de una novela que, despojada
de tales vestiduras, tan sólo sobresaldría mínimamente
en el bosque de sus muchas congéneres. Total, que recortando
un poco su envidiable fogosidad de 72 años, tal vez en el
fondo Marsé tenga razón.
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