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Adiós a la perra vida (o soy inmensamente feliz)

PEDRO CALVO HERNANDO

Sólo me falta una cosa en esto del hogar electrónico, pero llegará, claro que llegará. Y es una lucecita que se encenderá en alguna parte, o una alarmita que sonará en algún sitio, o una vocecita que me llamará… avisándome de que hay un negociete de cien millones de euros que alguien quiere ofrecerme con todas las garantías de solvencia y seriedad y con todas las seguridades de que ese dinerito no se escapará de mis manos. Si el aviso viene por el ordenador, cien por cien de garantías. Si viene por el teléfono móvil, noventa y cinco por ciento. Si lo hace por un misterioso canal de la TDT, noventa. Si llega por el teléfono convencional, cincuenta. El mensaje ya no es el medio, sino que el medio es el mensaje.

Mientras tanto, esas casitas que ya se ofrecen o se ofrecerán muy pronto, se meten, o se irán metiendo, en nuestras vidas para procurarnos el máximo de confort… y para alejarnos de la perra vida que siempre hemos vivido, nosotros, no ya nuestros padres o nuestros abuelos. Ya no tendremos hambre: una alarma nos avisará de que tenemos que comer. Dios quiera que no nos imponga lo que tenemos que comer, por si no nos gusta o no está al alcance de nuestras economías. Dios quiera que no avise por su cuenta a la pizzería, al chino o al mexicano para que nos traigan a casa la comida hecha, sin siquiera haber podido corregir la comanda y consultar los precios.

En este punto crucial, aplausos de los mileuristas y de los menosdemileuristas, por favor. Es que he recibido por el implante multidimensional de mis atormentadas sienes la indicación de dirigirme en plan demagógico-populista a los millones de personas que todavía cometen la torpeza de andar por la vida sin ser ricos, ya que no por familia, al menos por su esfuerzo denodado que les abra las puertas del mundo nuevo en que entramos y que lo hagamos con los bolsillos bien repletos. Qué digo bolsillos, con la cuenta superpixelética en el ciberbanco ultragaláctico que custodiará para la eternidad nuestros dineros, pronto ya no euros sino dolareuros mundializados.

En estas, que unas nubes malas cubren el cielo y mi casa se ilumina automática y exactamente en la proporción de la luz arrebatada por la nube mala. También el panel climatizador registra el micronésimo aumento de temperatura que compense el minimésimo descenso de la misma por culpa de la tan traída y llevada nube mala. Ni un instante de incomodidad, ni de malestar, ni de incertidumbre, ni de mal rollo electrónico que me pueda enturbiar este enclave maravilloso que es mi hogar, rodeado de luces, botones, teclas, marcaclicks, microaltavoces, macroscreens (o megamonitores), minicámaras de vídeo (¡uff, qué antigualla, perdón, piedad!), de cine, de DVD, de lo que se tercie en cada minuto.

Soy feliz, inmensamente feliz, ya no tengo que pensar, no tengo que esforzarme, no tengo que distinguir, ni que luchar por la vida. Si me falla algo de amor, de amistad o de paz familiar, enseguida un rayito láser me informa de que la gran máquina doméstica, la que lava, la que suena, la que emite dodecafónica, la que calienta, enfría, ablanda, endurece, acorta, alarga, tuesta, destuesta, dora, asa, que esa máquina procesa mis sentimientos y los de los míos y los iguala y corrige hasta que de nuevo entren de lleno en el carril de la felicidad absoluta. Pues estaría bueno (o hasta ahí podríamos llegar).

Bueno, sí. Podríamos llegar a que una alarmita verdirroja, junto al cenicero de mi mesa de despacho (¡pero si yo no fumo ni tolero que nadie fume en mi presencia y menos en mi despacho!) me alertara con seis meses de adelanto del resultado exacto de las próximas elecciones generales, vaticinio sencillísimo para tanta electrónica, tanta cibernética y tanta gaita gallega o leonesa. Más que nada, para saber a qué atenerme en eso de la cósmica y nada hogareña pelea entre Zapatero y Rajoy.

Pedro Calvo Hernando es periodista.

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