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Juan José López
Burniol
Notario. Premio Aptíssimi 2009
‘LA INSTITUCIÓN NOTARIAL SIGUE
PRESTANDO, A UN COSTE MUY INFERIOR A SU ALTERNATIVA, SERVICIOS DE
PRIMERA CALIDAD’
Un
jurado integrado por Antonio Garrigues, Emilio Cuatrecasas y Miquel
Roca, entre otros juristas, concedió recientemente a Juan
José López Burniol el premio Aptíssimi de Esade
a la mejor trayectoria de un profesional del Derecho. El galardonado
repasa en esta entrevista su faceta como notario, actividad que
compagina con muchas otras, como la militancia política o
la colaboración en los medios de comunicación.
JOSÉ M. CARRASCOSA
EN
primer lugar: ¿qué ha supuesto para usted este galardón?
–Una sorpresa. No creía estar –ni lo creo ahora–
en el circuito de los grandes operadores jurídicos. Tal vez
haya sido un premio a la constancia, pues llevo treinta años
de notario en Barcelona. Puede decirse –con palabras de Antonio
Machín– que “toda una vida”.
–Ha
sido profesor de Derecho Civil durante más de veinte años
en la Autónoma de Barcelona y la Pompeu Fabra. ¿Cuál
es su opinión sobre el nuevo Código Civil Catalán?
¿Sustituirá al Código Civil común o
se reducirá a ámbitos forales?
–El año 1974 sostuve, en un tema que redacté
para mi grupo de opositores entre notarios, que la cuestión
foral sólo tendría, a la larga, una de estas dos salidas:
o un Código Civil único o un sistema jurídico
federal, en el que cada comunidad histórica tendría
su propio Derecho Privado. No me equivoqué. Es más:
me quedé corto, pues la deriva del Estado no lleva al establecimiento
de un Estado federal mediante la modificación evolutiva de
la Constitución, sino a una especie de difusa confederación
articulada a base de distintas relaciones bilaterales. Creo que
esto último –un sistema quasi confederal– supone
una fuerte erosión del Estado como sistema jurídico.
De hecho, el Estado sigue funcionando pero ya no sirve para la resolución
institucional de las grandes cuestiones, cuya decisión queda
al albur de la pura relación de fuerzas.
–Un
gran número de catedráticos y juristas –como
García de Enterría o Díez Picazo– han
firmado un manifiesto en contra de la aplicación del proceso
de Bolonia a la enseñanza de Derecho. ¿Qué
le parece esta iniciativa?
–Cuando en el Consejo Social de la Universidad de Barcelona
me explicaron lo que era el plan Bolonia, pregunté: ¿se
aplicará también a la facultad de Medicina? Y cuando
me respondieron que no, comencé a ver de qué se trataba:
aligerar la formación troncal para primar las especialidades,
con vistas a la formación profesional. Esto no es, para mí,
la universidad. Por consiguiente, ni creo en la eficacia el Plan
Bolonia, ni comparto sus objetivos, sin perjuicio de admitir la
bondad de algunas propuestas puntuales.
–Como
miembro de la plataforma Ciutadans pel Canvi ha denunciado que la
clase política elude problemas y reformas para evitar la
represalias de mandarinatos anclados en el poder. ¿Cuál
sería su fórmula para evitar la existencia de estos
grupos?
–Lo que llamo mandarinatos son grupos sociales articulados
para la defensa de sus intereses sectoriales, que pueden llegar
fácilmente, con este objetivo, al menoscabo de los intereses
generales. Son muchos y están perfectamente identificados:
desde la patronal y la cúpula financiera a los sindicatos,
pasando por los cuerpos de élite de la Administración
del Estado y los profesores de universidad, por poner unos ejemplos.
El poder político elude tomar decisiones que incidan en los
intereses particulares de estos núcleos, debido al coste
electoral –o al desorden social– que ello puede suponerle.
La solución sólo es una: el pacto entre los dos grandes
partidos nacionales, como forma de dilución del coste electoral.
Pero, para que haya este pacto, hacen falta políticos con
visión larga. ¿Dónde están?
–En
su última obra: España desde una esquina plantea una
disyuntiva sobre Cataluña: federalismo o autodeterminación.
¿Qué opción elige?
–Defiendo la federación como la única forma
válida –a mi juicio– de mantener la unidad de
España, puesto que el Estado federal es una variedad del
Estado unitario. Y rechazo por ello, de forma explícita,
tanto el Estado unitario y centralista, que en España nunca
llegó a cuajar –ahí están los conciertos
económicos y la frustrada unificación del Derecho
Civil–, como el Estado confederal articulado sobre distintas
relaciones bilaterales. Puede que esté equivocado, pero añado
que se ha entrado –en los últimos tiempos– en
una dinámica de desafección sentimental y de dilución
del Estado como sistema jurídico que, aún cuando no
lleguen a provocar quizá una ruptura, nos sumirán
a todos en la impotencia y el barullo.
–Pasemos
a su actividad como notario. Desde el observatorio de su despacho,
¿cómo está percibiendo la crisis económica?
–Es un fin de época. Aunque de alcance universal, es
una crisis de los blancos –iniciada en el último imperio
en el que se ha encarnado la hegemonía occidental–,
que si no ha provocado una depresión igual o peor que la
del 29 es, afortunadamente, por no haber caído en la tentación
del proteccionismo. Cuando termine la crisis, el mundo será
otro: el centro del comercio internacional ya no estará en
el Atlántico sino en el Pacífico, la relación
preferente de Estados Unidos será con China, etcétera.
–¿Y
en lo que a España se refiere?
–Aquí la crisis tiene un rasgo específico: además
de un desplome financiero, la recesión española viene
marcada por el desplome de un modelo de crecimiento basado en gran
medida en la construcción y con un endeudamiento exterior
desorbitado. Para nosotros, el año 2010 será tremendo,
y no comenzaremos a levantar la cabeza hasta dentro de tres o cuatro
años. Decía Jesús Pabón que España
es un país desafortunado, por coincidir a veces en él
las crisis económicas con las políticas. Así
sucedió en los años treinta –al comienzo de
la II República– y sucede ahora con una vida política
sumida en el más sórdido y estéril delirio
cainita. La actual crisis política española es profundísima
y contribuye a agravar la recesión económica, tardíamente
reconocida como tal e insuficientemente tratada. Constituye un auténtico
escándalo, en este sentido, el hecho de que los dos grandes
partidos nacionales –el PSOE y el PP– hayan sido incapaces
de promover unos pactos abiertos a todas las demás formaciones
políticas, en los que se acuerden las reformas estructurales
precisas –mercado de trabajo, administraciones públicas,
energía e infraestructuras– para que la economía
española sea más eficiente y competitiva. Ahora que
ya no se dispone de la política monetaria –devaluaciones–
como instrumento para promover las exportaciones –la exportación
es la única salida de las crisis–, hay que aumentar
la productividad. Y que no se diga que las circunstancias son hoy
muy distintas a las que rodearon los pactos de la Moncloa. El problema,
al final, no es de circunstancias sino de personas: de voluntad
y prudencia políticas.
–En
su quehacer diario, ¿sigue teniendo presentes las palabras
que Josep María Puig Salellas –decano del Colegio Notarial
de Cataluña– le dirigiera en la entrega del título
de notario, allá por 1977? (“Todas las instituciones
sin excepción se justifican por un doble motivo: primero,
seguir siendo útiles para la satisfacción del interés
social para el que fueron concebidas y, segundo, ser más
baratas que la alternativa”.)
–Por supuesto: del Rey hacia abajo, todas sin excepción.
Incluido, por supuesto, el Notariado. Dicho esto, también
creo que la institución notarial sigue prestando, a un coste
muy inferior a su alternativa, unos servicios que –conjunta
y articuladamente con la institución registral– dotan
a España de un sistema de seguridad jurídica preventiva
privada de primera calidad. La prueba está en el excelente
funcionamiento del mercado inmobiliario durante toda la larga etapa
en la que ha protagonizado el crecimiento económico español.
El sistema ha funcionado como un reloj. Puede comparase, con clara
ventaja, al funcionamiento de otros mercados, como por ejemplo el
financiero, donde los supuestos de desinformación alcanzan
niveles preocupantes.
Profesional
del Derecho
Nacido en la localidad
tarraco-nense de Alcanar en 1945, se licenció en Derecho
por la Universidad de Navarra. Notario de Barcelona desde
1977, fue decano del Colegio Notarial de Cataluña y
vicepresidente del Consejo General del Notariado. También
fue magistrado del Tribunal Superior de la Mitra de Andorra
y primer presidente del Tribunal Constitucional de Andorra.
A todo ello hay que unir los cargos de presidente del Consejo
Social de la Universidad de Barcelona y miembro de la Comisión
Jurídica Asesora de la Generalitat de Cataluña.
En la actualidad es consejero de “La Caixa”. |
–El
citado Puig Salellas, el alcalde Porcioles, Roca Sastre, Figa, Noguera,
Faus... los notarios barceloneses han jugado un papel fundamental
en la vida política, económica y cultural de la ciudad.
¿Sigue vigente esta tradición en la actualidad?
–El Notariado catalán ha desempeñado históricamente
en Cataluña un papel que va más allá de su
oficio de “documentador” y suple el vacío dejado
por una Administración lejana. La perpetuación de
los patrimonios familiares no se logró, a lo largo de los
siglos, a través de mayorazgos, sino mediante capítulos
matrimoniales otorgados ante notario según la costumbre del
lugar; la reforma agraria del siglo XVIII también se hizo
en los despachos notariales, a través de la rabassa morta;
la falta de iniciativas públicas se ha suplido muchas veces
a través de un tejido fundacional y asociativo urdido por
los notarios. Cataluña es un país que, en cierta medida,
se ha institucionalizado mediante instrumentos del Derecho privado,
y ahí la aportación de los notarios ha sido decisiva.
Sin ir más lejos, la compilación de Derecho catalán
–que tan decisiva ha resultado para la conservación
del Derecho Civil catalán– fue en buena medida obra
de notarios –Ramón Roca-Sastre y Ramón Faus–
y el impulso político preciso para su promulgación
debe mucho a José María de Porcioles.
–Desde
su papel de colaborador con distintos medios de comunicación
(El País, AVUI, La Vanguardia, El Periódico de Cataluña...),
¿cuál cree que es la percepción que la opinión
pública tiene de los notarios?
–Puede que la imagen del notario se haya diluido un tanto,
lo mismo que la de otros profesionales; pero también considero
que el núcleo duro de la confianza en el Notariado subsiste
incólume. Los nuevos tiempos, en los que disminuirá
la contratación en masa, reforzarán de nuevo la auténtica
función del notario: prestar un servicio jurídico
de calidad caso por caso, estando presente en "los hechos"
desde antes que estos ocurran.
–La
Fundació Noguera –de la que usted es presidente–
trabaja para la difusión del patrimonio histórico
documental catalán, legado que se encuentra fundamentalmente
en los archivos notariales que datan de la Edad Media. ¿Puede
explicarnos cuáles son las principales actividades de esta
fundación?
–La Fundació Noguera, creada por el notario barcelonés
Raimon Noguera de Guzmán –personalidad destacada de
la vida catalana de su tiempo–, es un ejemplo más de
algo que decía antes: suple la falta de aquella iniciativa
pública, que –en los grandes países europeos–
se ocupó durante los siglos XIX y XX de poner al alcance
de los estudiosos el patrimonio histórico documental de su
país. Esto es lo que hace la Fundación Noguera, por
no haberlo hecho el poder público en su momento. Sus sucesivos
presidentes, los notarios Figa Faura y Puig Salillas, la consolidaron
como una sólida empresa cultural.
–Ha
sido patrono durante muchos años de la Fundación Æquitas
del Consejo General del Notariado. ¿Qué papel juega
el notario en la defensa de la protección jurídica
de las personas más vulnerables?
–Un papel capital en dos situaciones distintas. En primer
lugar, al ordenar la sucesión de los padres y parientes de
las personas precisadas de una especial protección, para
establecer unos sistemas eficientes y seguros. Y, en segundo término,
al evaluar la capacidad de los otorgantes, cuidando de que, más
allá de la estricta capacidad de obrar, el notario pondere
el grado de información del otorgante más débil,
al objeto de practicar una “imparcialidad compensadora”.
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