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O el cambio o el monte Taigeto

PEDRO CALVO HERNANDO
Esta manía
de la gente de no morirse a unas edades en las que nos hemos estado
muriendo toda la vida -manía firmemente apoyada en los avances
científicos y una medicina que se propone conseguir una sociedad
de centenarios- va a traer cambios en la vida de las gentes, los
pueblos y las sociedades.
La cosa tiene un montón de ventajas y algunos
inconvenientes. Pero, todo ello es un reto fabuloso para la imaginación,
la creatividad y el desarrollo del conocimiento en todas sus facetas.
Y en Europa no digamos, el continente viejo y variopinto, el de
las instituciones supranacionales que a veces pensamos que no sirven
para nada, pero que seguramente para algo valen.
Está claro que un envejecimiento profundo
de la población planteará, sobre todo en Europa, problemas
de toda índole; además de esa imagen curiosa y, en
apariencia deprimente, de ver calles y espacios públicos
repletos de viejos, viejísimos y de superviejos, espectáculo
que se dará de patadas con esas concepciones juvenilistas
y estupendísimas que hemos venido alentando desde mediados
del pasado siglo XX. Lo de ser joven, guapo y maravilloso dejará
de ser una patente de tránsito formidable por la vida y será
una aspiración en cuya realización tendrán
que contar otros valores, otros esfuerzos y otras metas.
El reto más profundo ha de ser la transformación
casi radical del sistema económico y social en el que nos
desenvolvemos básicamente desde hace un par de siglos. La
risa que me da ver a los gurús de la economía y de
la empresa, esos que no han dado ni una en la previsión y
remedios de la actual crisis económica, resistirse a un cambio
sustancial para hacer frente al sustancial cambio poblacional.
Ese cambio no tiene otra orientación posible
que el logro de la máxima solidaridad en la organización
económica y social, con un fuerte tinte realista más
que ideológico, aunque tal vez ideológico también.
La financiación privada del cuidado y la
asistencia a tantos cientos de millones de personas mayores es el
gran desafío, sin mirar únicamente, ni siquiera principalmente,
a lo que hasta ahora hemos entendido como asistencia, algo así
como la antesala de la beneficencia. No, señores, digan lo
que digan los gurús, la transformación tiene que alcanzar
también a los espacios de la cultura, del ocio, del turismo,
de los transportes. Adiós definitivamente a la economía
individualista, que algunos llaman neo o ultraliberal, porque eso
no serviría para nada.
| La financiación privada del cuidado
y la asistencia a tantos cientos de millones de personas mayores
es el gran desafío |
Criterios estrictos de justicia y de modernidad
son los que han de prevalecer, en superación de los criterios
asistenciales que han predominado durante décadas. Porque
los viejos, viejísimos y superviejos ya no serán un
grupo social al que medio contentar y hasta engañar y engatusar.
Ellos serán la más o menos inmensa mayoría
de las sociedades europeas y, por tanto, los depositarios de la
fuerza política y social mayoritaria contra la cual sería
ridículo luchar, a no ser con la violencia antidemocrática
o con el arrojo desde el monte Taigeto (desde el que los espartanos
arrojaban a los niños que lloraban al nacer). Y con lo buenos
que somos, cristianos o no, supongo que a nadie se le ocurrirán
semejantes cosas.
Ni que decir tiene que las transformaciones no
pueden ser sólo políticas, económicas, sociales
y culturales. Tendrán que ser también tecnológicas
–todavía mucho más-, psicológicas, sociológicas,
mentales y sentimentales, para cooperar en la inmensa obra de construir
una sociedad en la que trabajen (trabajo de producción) los
menos para que vivan bien todos. Así es que los gurús
y los que no lo son ya pueden ponerse muy en serio a estudiar, reflexionar
y ofrecer planes realistas por una vez en su vida, me refiero a
los gurús, claro. Ahí estaremos, si vivimos, todos
los europeos y los españoles para echar una mano, que además
se aplicará también al resto de los continentes, cuando
corresponda.
Pedro Calvo Hernando es periodista.
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